"Nos hemos olvidado de quiénes somos en realidad y hemos adoptado una nueva identidad que, como no se corresponde con nuestra realidad, nos deja siempre, tengamos lo que tengamos, con una sensación de vacío interior. Para poder llenar esta sensación de que nos falta algo, intentamos adornar esa identidad que hemos tomado para que parezca más llamativa y valiosa. Por eso tantas veces soñamos con esa persona que quisiéramos ser y con esa forma de ser que nos gustaría tener. Nuestro mundo personal y social está lleno de "deberías", "no deberías", de "tendrías" y "no tendrías"...
...Todas estas exigencias tienen sentido cuando uno se contempla a sí mismo como defectuoso e incompleto, pero no tiene sentido cuando comprende que lo que está más allá de la identidad aparente es una esencia llena de inteligencia, creatividad y amor, y que, por su propia naturaleza, es perfecta, esto es, completa.
Por eso, el entrenamiento que verdaderamente ofrece resultados no es el que nos ayuda a mejorar nuestra falsa identidad, sino aquél que nos ayuda a trascender esa identidad para reencontrarnos con quienes somos en realidad.
Lo que necesitamos es descubrir qué hay realmente detrás de las palabras YO SOY."
Sólo quien avance bajo el fardo, más o menos agobiante, de sus tinieblas y su sinceridad, bajo el fardo de su verdad más honda, sólo quien avance bajo su peso íntegro y sin disfraz, logrará caminar por el sendero que le llevará a sí mismo: el único sendero en que tropieza uno con la paz y el amor, la gratitud y la sonrisa. Y encontrará lo que todos febrilmente persiguen sin dar jamás con ello: la cristalina fuente de la serenidad y la alegría. Una fuente que brota en el mismísimo punto y el mismísimo instante en que se logra la aprobación de uno mismo tal como es, la aprobación de la vida como es, la aprobación del mundo.
Los milagros son comparables a las piedras: están por todas partes ofreciendo su belleza y casi nadie les concede valor.
Vivimos en una realidad donde abundan los prodigios, pero ellos son vistos solamente por quienes han desarrollado su percepción. Sin esa sensibilidad todo se hace banal, al acontecimiento maravilloso se le llama casualidad, se avanza por el mundo sin esa llave que es la gratitud. Cuando sucede lo extraordinario se le ve como un fenómeno natural, del que, como parásitos, podemos usufructuar sin dar nada a cambio. Mas el milagro exige un intercambio: aquello que me has dado debo hacerlo fructificar para los otros. Si no se está unido no se capta el portento. Los milagros nadie los hace ni los provoca, se descubren. Cuando aquel que se creía ciego se quita los anteojos oscuros, ve la luz. Esta oscuridad es la cárcel racional.
Lo que en un momento de la vida se presenta como un revés, es quizás una puerta abierta a un cambio necesario. Lo contrario también puede suceder: un aparente golpe de suerte se convierte en una pesadilla de compleja gestión y superación.
El desarrollo espiritual que nace de lo que podríamos llamar el “efecto bofetada”, no se produce como resultado de la ingenuidad, de la pereza ni de la estupidez. Es necesario que tras la crisis, reflexionemos, meditemos, nos cuestionemos y miremos de encontrar qué mensaje nos brinda la vida y nos pongamos a trabajar con lo aprendido.
Las lecturas a corto plazo y la crispación son malas consejeras, mientras que la perspectiva y la templanza nos pueden ayudar a poner las cosas en su sitio y a propiciar renacimientos en nuestra vida, gracias al abono y a la humildad que nos ha dejado la crisis.
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